El que se rasca, se muerde o se lame sin parar, con la piel irritada, zonas sin pelo, y a veces ese olor que vuelve por más que lo bañes.
El que está más relleno de la cuenta, se cansa rápido, ya no corre como antes y le cuesta volver a su peso.
El que tiene un aliento tan fuerte que cuesta tenerlo cerca, aunque por fuera se vea bien.
El que ya tiene sus años, se levanta con dificultad, duda antes de subir al sillón, y se mueve con más cuidado.
El que vive inquieto o ansioso, ladra de más, no se calma, o cambió su forma de ser sin que sepas bien por qué.